Puedo oir el crujido de lo que está por acabarse:
Puedo sentir el hedor de la muerte en el aire, su infatigable y taciturno andar, su balanceo parco de un lado a otro de la estrecha acera por la que yo también camino, de frente, hacia ella.
Cuando se encuentra junto a mí puedo ver el tono purpúreo y vomitivo de su pupila rígida. El calor desaparece, acontece un frío helado y fino que se trepa por mis piernas y llega al pecho, lento como ella, hasta alojarse en el corazón y disminuir su pulso.
Todo se torna ajeno.
Todo se ha demudado en neblina, confusión, una extraña lentitud del ambiente y el frío que persiste.
Me descubro perdida en ese espacio del que me viene un recuerdo lejano, somero, casi imposible: mis pulmones tomando su primer aliento y una voz que indica la inevitable existencia.