jueves, 18 de junio de 2015

Puedo oir el crujido de lo que está por acabarse

Puedo oir el crujido de lo que está por acabarse:

Puedo sentir el hedor de la muerte en el aire, su infatigable y taciturno andar, su balanceo parco de un lado a otro de la estrecha acera por la que yo también camino, de frente, hacia ella.

Cuando se encuentra junto a mí puedo ver el tono purpúreo y vomitivo de su pupila rígida. El calor desaparece, acontece un frío helado y fino que se trepa por mis piernas y llega al pecho, lento como ella, hasta alojarse en el corazón y disminuir su pulso.

Todo se torna ajeno.

Todo se ha demudado en neblina, confusión, una extraña lentitud del ambiente y el frío que persiste.

Me descubro perdida en ese espacio del que me viene un recuerdo lejano, somero, casi imposible: mis pulmones tomando su primer aliento y una voz que indica la inevitable existencia.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Se agita el poema entre mis manos. No desea estar aquí, conmigo. Sufre al sentirse creado, al sentirse mío. Intenta irse, yo lo agarro por el último verso y él queda pataleando en el aire, adolorido. Es que no veo mi vida sin sus letras, sin sus íes, sin sus efes. No. ¿Por qué me odia tanto? Me mira con desolación, con frustración. "¿A dónde te irás?", le pregunto... él no lo sabe, sólo huye, huye de mí. Claro, es que yo lo creé así: huidizo, triste, solitario. Pobre mi poema, un día abriré las manos y le dejaré partir.